Schneider aparece de manera furtiva

Empecé a leer Abbadón el exterminador y me encontré con una loca escena de espiritismo que incluía a unas mujeres en trance, a un señor poniendo la mano sobre sus cabezas y ordenando a una de ellas traer un mensaje para Sabato, a un joven sufriendo convulsiones, a un piano que en algún momento una entidad del pasado debería hacer sonar, y a unas manos que no pueden más que aporrear las teclas del instrumento porque los dedos están agarrotados. Yo viví aquel evento como una experiencia real, horrible y muy intensa, a pesar de encontrarlo, al mismo tiempo, bastante cómico. El propio Sabato, que aparece como personaje y para quien se realizó al fin y al cabo la sesión (el objetivo era traer un mensaje del pasado que debía asistir al escritor en la concepción de su novela), sale a dar un paseo y entonces en la calle le ocurre algo que para él supone un extraño suceso, le parece ver al doctor Schneider, alguien que había estado desaparecido mucho tiempo. Sabato se pregunta si no ha sido la sesión de espiritismo la que ha traído a ese Schneider de vuelta.

¿Quién es este doctor Schneider y por qué es importante para Sabato? No he podido seguir con la lectura de la novela porque algunos asuntos desagradables y otros simplemente impostergables me han mantenido bastante ocupados. Pero Schneider ha conseguido abrirse camino por otros medios. Continúa leyendo Schneider aparece de manera furtiva

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Canción para el día de Reyes

Letra:

Un beso nadie me da,

decía un niño llorando,
a mi nadie me da un beso.
No tengo pare ni mare
ni sé lo que vale eso,
pero debe de ser muy grande.

Esto le escuché decir a un probe niño chiquito,
que al hospicio lo llevaron
cuando quedó huerfanito.

Era una noche de reyes,
los reyes magos pasaron
y para llevar juguetes,
al hospicio se acercaron.

Y aquel niño le decía:
Mago de mi corazón
tráigame usted a mi mare, que quiero conocerla yo,
Si la ve usted por el cielo dile usted que no la olvido
aunque hay unas almas buenas que me tienen recogido,
Pero esta noche de reyes aunque tengo a quien me ampare
daría todos los juguetes por un beso de mi mare.

Y el rey cogiéndole en brazos
le dijo no llores más,
tu mare vendrá conmigo
y en un trono la verás.

y el niño aquella noche,
pensando así se durmió
y la beatita que lo velaba,
esta copla le escucho:
Sor Maria, a mi me han dicho los reyes magos,
hermanita Sor Maria
Que para el año que viene me traen a la mare mía
y en una carroza viene.

Persecución sin salida

En toda persecución de coches un pesado y lento camión saldrá reculando de la perpendicular para bloquear el paso.

Y en toda persecución a pie, se cruzarán en el camino un par de trabajadores llevando con extremo cuidado un gran espejo o el cuadro de un artista engreído.

En mi película están todos los clichés de una persecución jolivudiense. Como el de perder la pista del perseguido en un oscuro cul-de-sac.

Año 1987. Arma en mano y camisa hawaiana abierta, persigo a alguien que no se deja ver. Se hace pasar por mí, lleva una máscara que es la foto de mi carnet de identidad, agrandada con la consecuente pérdida de resolución.

Mi doppelgänger corre por el mercado con un culo respingón y andares de pato, veloz y torpe entre el gentío, tira cosas al suelo ante mi paso: cajas de fruta, el stand de discos de segunda mano, madres unidas a su carrito de bebé…

Un policía (el único que queda en la persecución), esquiva al bebé porque le recuerda al suyo, al que abandonó la semana pasada. Al esquivarlo se choca contra el puesto de fruta y explota.

Explota todo el mercado.

Corro hacia la cámara con los músculos en tensión mientras a mi espalda podéis ver la explosión que se desenvuelve como una flor gigante de la que salen tentáculos de lava en parábolas, trozos humanos y trozos de juguetes convertidos en proyectiles.

Mi doble dobla la esquina.

Es el callejón sin salida.

Hay un contenedor de basura, un mendigo muerto o dormido, y una pila de periódicos usados. Ni rastro de mi doble.

Escucho algo dentro del contenedor. Al abrirlo un gato magullado salta y sale corriendo, huyendo de su propia caca que lleva colgada del ano por culpa de un pelo largo de mujer rubia.

Algo me empuja entonces a mirar la fecha de edición de los periódicos: 30 diciembre 2099.

Entra música de tensión. El actor es malo, las bolas de sus ojos van a un lado y a otro muy rápido, da unos pasos para atrás, parece quedarse sin respiración y sin fuerza en las rodillas. El espectador debe entender que está sufriendo un ataque de pánico por haber malgastado años de su vida, muchos años, persiguiendo un espectro.

Despierto al mendigo “Rápido en qué año estamos?” Apesta a sudor y red bull. Tiene un ojo de cristal y un pin bandera de la Confederación Europea con el toro de osborne.

Carraspea y se ajusta una corbata imaginaria. La música de tensión se detiene para dejarlo hablar. “Lo que deberías preguntarte ahora”, dice, “es ¿quién en verdad es menos libre? ¿el perseguidor o el perseguido?”.

El actor vuelve a interpretar pánico e incredulidad, moviendo las pupilas y dando dos pasitos para atrás. La música de tensión no reanuda a pesar de que se la espera.

Quiero salir del callejón pero me doy cuenta de que estoy acorralado. La puerta que tiene un símbolo de peligro químico, es la única salida. La música de tensión no llega.

El mejor regalo de Navidad

Todos aquí somos inestables en dos sentidos: El primero: somos pasajeros. Incluso los que llevamos aquí más de 6 años consideramos que solo estamos pasando, y que esta no es nuestra casa. Este sitio nos impide tocar por fin fondo, este sitio es una condena disfrazada de ayuda. Uno se agarra siempre a algo para seguir a flote. Por ejemplo, a una llamada telefónica. Era mi hermano haciendo de portavoz de toda la familia. Después de 10 años sin dirigirme la palabra, me invitan a pasar con ellos Nochebuena y Navidad. No ha dicho “te perdonamos”, pero se entiende. Después de la llamada me corté varias veces afeitándome. Al principio sin querer. La mano que sostenía la cuchilla se bañó entera en sangre y el dedo índice se extendió hacia mi reflejo y se deslizó dibujando un hermoso pene con dos testículos con pelos como espinas como si en vez de testículos fueran soles o frutos de un cactus. Y después las paredes blancas del baño se llenaron de manos rojas que coloqué intuitivamente hasta formar una verdadera constelación.

Cuando contemplaba mi obra y oía el tumulto de los otros ahí fuera acumulados y golpeando la puerta para que les dejara entrar, miré por la ventanuca y descubrí un cielo nocturno. Llevaba horas en el baño. En ese momento sufrimos un apagón. Saqué el mechero y bajo el temblor de su luz las falanges rojas parecían latir y las paredes se me revelaron como las de una cueva de esas donde los chamanes se meten a drogarse. Inspirado por esta novísima perspectiva en que los azulejos temblaban con la insistente percusión sísmica y los cánticos tribales de furia, aproveché la sangre que seguía brotando fresca de mis heridas y dibujé a mi cuñada. Cornamenta gacha corría a grandes zancadas, con flechas clavadas en el culo. Yo detrás, arco en mano. Continúa leyendo El mejor regalo de Navidad

Suspiros

Hay una edad en la que ir al cine no es tan mal plan para una primera cita. Estar juntos sin tener que hablar, empezar a meterse mano, besarse con lengua. A lo mejor incluso te toca las tetas, y tú le agarras el joystick. Pero admitamos que para las personas que ya hemos pasado los 30, la sala de cine no es el mejor escenario para una primera cita. Creo que estamos todos de acuerdo. Creo que él también estaría de acuerdo. Y sin embargo, fuimos al cine.

Era un remake y eso debería habernos hecho cuestionar la decisión de ir. La película parecía prometedora en cualquier caso. Además, hacía mal tiempo. No es bueno alargar una conversación por chat, las personas de mi edad tenemos prisa. Yo tengo la sensación de haber malgastado casi toda mi vida, y no quiero seguir haciéndolo. Él dice que también. Luego, no sé quién de los dos lanza la idea de ir a ver esta película, y como los dos tenemos prisa porque nos podemos morir en cualquier momento y no queremos perder la vida ultimando por chat los detalles de un primer encuentro físico, nos volvemos víctimas del hype ingeniado por el márketing de alguna productora de cine.

Una vez cara a cara, podríamos haber cambiado de plan en el último momento y podríamos (deberíamos) haber ido a tomar una copa. Pero es que, como digo, hacía mal tiempo. Llovía a cántaros. El cine era un refugio. Compramos las entradas. Continúa leyendo Suspiros

Apuntes: Dèmoni (1985)

Como seres temerosos del dolor y de la muerte muchos elegiríamos vivir en la más absoluta esclavitud antes que ser degollados, y de entre todas las maneras de morir nos quedaríamos con la de morir durmiendo o cualquier otra inocua expiración. En determinadas circunstancias, sin embargo, algunos seres humanos pueden volverse temerosos de la vida y eligen la muerte. Es el caso de esos terroristas que saludan a sus vecinos al pasar y bajan la vista cuando se sienten intimidados, que son cariñosos con sus madres mientras los fines de semana se dedican a preparar el atentado como un pasatiempo de bricolaje. El personaje del que quiero hablar no es terrorista y quizá tampoco mártir, pero elige morir y elige cómo hacerlo. Y esta decisión, por otra parte improvisada, puede ser fácilmente olvidada por el telespectador o pasar desapercibida o no invitar a mayores reflexiones, pero la decisión de este personaje constituye un misterioso hoyo que podríamos denominar el Ombligo de toda la película. Continúa leyendo Apuntes: Dèmoni (1985)

biblioteca variable

El número de libros varía muy poco a lo largo de los años, esta semana puede haber dos más que la semana pasada, la semana que viene puede que baje uno. Luego se añade uno, luego se añaden tres, luego bajan dos. Etcétera etcétera. No se sabe cuántos títulos hay pero se puede hacer una estimación teniendo en cuenta las dimensiones de las estanterías y el grosor medio de una novela. Porque eso sí, son sobre todo novelas. Entre todos esos títulos la mayoría desaparecerá un día. Hay unos pocos sin embargo que se quedarán siempre guardando su puesto, por lo demás tan discreto como cualquier otro. Son los esenciales y son lo que hace que esta biblioteca sea La Biblioteca, su biblioteca. Es difícil decir el número exacto de esenciales o identificarlos ya que no comparten estantería, cada uno está en la posición que le corresponde según el modo de ordenar los libros que esté en voga en ese momento. Se sabe no obstante que el número de esenciales aumenta  lenta pero constantemente. La biblioteca es un organismo en construcción. Unos órganos desaparecen, otros quedan. Cada vez son más los que quedan. Un organismo hacia un estado ideal estático.