pour tromper l’ennui

Petit critique de Watertown [bande desinée] (Götting, 2016) 

Photo: Alan Burnett

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Les couleurs sombres, les gros traits et les textures rugueuses nous emmènent avec succès dans l’ambience mélancolique de ce polar qui, malheureusement, n’arrive pas à raconter ni l’histoire qu’il promet, ni l’histoire qu’il devrait.

L’élément de suspense est introduit dès les toutes premières pages et éveille ainsi d’emblée la curiosité du lecteur. Le mystère n’est néanmoins pas suffisamment captivant pour nous maintenir en haleine au-delà de quelques pages. Le typique narrateur-enquêteur qu’on retrouve souvent dans les romans policiers nous donne pas mal de texte à lire, et dans certaines pages le texte donne plus d’informations que les images, ce qui rend ces dernière parfois accesoires. Le narrateur (et personnage principal) est Philip Whiting, un triste agent d’assurance. Il est la seule personne à voir une énigme en la personne de Maggie. Il devient obsédé par son enquête alors que personne (y compris peut-être le lecteur ?) n’y voit rien d’intéressant ou de mystérieux.

Mon histoire ne l’avait pas vraiment impressioné. Mais… – était-ce pour tromper l’ennui d’une actualité peu passionnante ? – il me promit de faire un tour à Stockbridge le week-end suivant pour se faire sa propre idée.

Effectivement, un journaliste prend au sérieux les soupçons de Philip et, comme lui, on poursuit la lecture même si on n’est pas “vraiment impressionés”. Heureusement l’histoire retrouve un peu de vie quand on commence à en découvrir un peu plus sur Philip à travers ses relations avec son entourage ; on comprend alors un peu mieux le malin plaisir qu’il trouve à jouer le détective.

Néanmois, le coeur de l’histoire nous emmène bien vite à la dernière page. Je ne vais rien dire sur la fin pour ne pas spoiler. Cette fin peut polariser les avis et on peut y voir deux interprétations différentes.

En conclusion, un polar élégant et réaliste, pas de violence, pas de bizarreries ; une narration au rythme posé qui prend un tournant crescendo vers la deuxième moitié ; des dessins que j’ai vraiment aimés ; et une histoire que je trouve un peu ennuyeuse au début. Je pense que cette BD aurait gagné en tension narrative si elle nous en avait montré plus sur Philip à travers ses interaction avec son frère, sa belle-soeur et son entourage. Je reste néanmoins attentif aux autres ouvrages de cet auteur.

 

6 señales inequívocas de que tu novela es una mierda

  • Hay más de tres adjetivos cada 1000 palabras.
  • Interrumpir una sesión de corrección no activa un efecto Ovsiankina.
  • No estás leyendo otras cosas.
  • No estás escribiendo otras cosas.
  • Al abrir el archivo donde está el borrador que ha sido cien veces corregido sientes una gran ansiedad y te entran ganas de hacerte el harakiri o periodista.
  • Las moscas guiadas por daimones hacia el olor a excremento vienen a posarse sobre los párrafos que deben volver al ciclo de la vida.
mosca sobre pantalla
Mosca sobre manuscrito

Mandar al infierno

En Lyon aún no hemos tenido atentado terrorista, pero supongo que llegará. Hace un par de días estaba aquí postergando el momento de ir a la cama y comencé a oir gritos. Al principio no presté atención, pensé que los vecinos de arriba estaban discutiendo a voces, luego me di cuenta de que había explosiones de emoción por así decir, y que no solamente venían  de arriba sino también de otros edificios, todos sincronizados más o menos. Averigüé que el equipo de fútbol local estaba jugando y el partido televisado es lo que estaba causando tanto vocerío a mi alrededor.

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Grupo de forofos celebran en la calle.

 

Llega el gol que da la victoria, los vecinos se vuelven locos y uno grita vaffanculo, expresión que al parecer se puso de moda hace algunos años luego de que algún futbolista la espetara en oportuno momento. Entonces imagino lo siguiente: en alguna calle de Lyon, a las puertas de un pub irlandés un grupo de forofos estalla en euforia celebrando el gol. Cantan al unísono, se bañan en alcohol, exhiben sus cuerpo desnudos, etc.

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En ese preciso instante alguien saca una kalashnikov y sin más protocolo comienza a soltar ráfagas de muerte. En medio del bullicio inusitado que invade esa zona de la ciudad no es fácil discernir entre gritos celebratorios y los de pánico. Los disparos se camuflan en el estruendo de petardos y fuegos artificiales. Algunos individuos mueren en feliz ignorancia, completamente ajenos al pánico que se propaga a su alrededor. Les llega a la nuca por ejemplo el disparo terminador, y pierden contacto con este mundo de manera instantánea.

 

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Estos mueren inmersos en el sueño eufórico del evento deportivo. Se van con imágenes de fútbol grabadas en la retina. No tienen oportunidad de sentir miedo, ni de recordar su infancia o hacer recuento de su vida o mimar pensamientos sobre sus amistades, familia, animales domésticos, etcétera.

Y más tarde, entre los encargados de recoger los cadáveres, uno se atreve a mirar los rostros inertes y puede distinguir que algunos tienen joie de vivre en el rictus.

Experimento de improvisación literaria

El otro día se me ocurrió escribir cualquier cosa bajo la atenta mirada de un programita que registra un vídeo con mis movimientos en la pantalla del computer para luego compartirlo en la red. La idea era la siguiente: empezar a escribir sin ninguna instrucción, sin ninguna idea previa. Las primeras frases fueron del tipo “estoy aquí tomándome un café y tengo que escribir algo” y en fin un poco reflexionando sobre la naturaleza del experimento mismo que choca con la visión solitaria que tenemos de la actividad del escritor. Lo cierto es que hay muchos vídeos en YouTube de gente dibujando, pintando e improvisando música. ¿Pero escribiendo? seguro que habrá (alguno habrá), aunque no muchos. Eso me motivó aún más a dar el paso.

YouTube no permite publicar vídeos de más de 15 minutos si no verificas tu identidad dándoles tu número de teléfono, así que tuve que extirpar los dos primeros minutos del vídeo en los que básicamente decía, escribía, lo que acabo de decir en el párrafo anterior. El vídeo de abajo se inicia pues con el momento en el que verdaderamente me arranco.

Estoy pensando que enmarcar nuestros errores en lugar de esconderlos, y estudiar nuestro rumbo hecho de decisiones y correcciones, es una actividad interesante y profundamente educativa, extrapolable a muchos ámbitos de la vida. Pero a pesar del interés que pueda suscitar el vídeo, le he añadido una banda sonora para hacerlo un poco más ameno.

[Actualizado 12/02/2017: he vuelto a subir el video pero esta vez con unas imágenes de fondo y a un nuevo canal]

Como véis, la pieza con la que acabo está a años luz de ser un texto publicable, pero con un poco de imaginación y trabajo podría pulirse y convertirse en el comienzo de algo interesante.

Lo que aprendí de Trump

Te lo voy a decir directamente, no vas a tener que saltar dos o tres primeros párrafos para ir a la parte jugosa del artículo. (Una manipuladora convención de gente vil con estudios universitarios). No. Yo soy un tipo normal, un tipo de la calle, como tú o como tú o como usted caballero. Mira, lo que yo aprendí de Trump (y en general de todos los idiotas del mundo), es a no vacilar antes de darle a “publicar”, a caminar con la mente descongestionada, a no pretender un cuadro coherente y enmarcado.

Me explico: puedo decir A+ y luego puedo decir que A-, y entoces tú (si has prestado atención) pensarás que estaré contradiciéndome, pero al final te quedarás con tu parte favorita de mis palabras y olvidarás la otra, ¿por qué? Porque te (dis)gusto. Porque digo lo que quieres oir o lo que quieres odiar, mi bandera de mediocridad está hecha con tus trapos sucios. Hay gente que me adora y eso hace que otros me odien. Polarizo. Las cosas empiezan a moverse a mi alrededor. Si no reaccionas a lo que he dicho, eres invisible, y si reaccionas, eres uno de mis satélites. La gente quiere bailar, yo les traigo un son sabroso.

Aprendí a abrazar mi propia idiotez. Aprendí a mostrar sin pudor mi carne mutante, a destapar desacomplejadamente mi obra en proceso. Aprendí a aceptar que soy una ficción un perpetuum mobile. No intentes entender qué hay detrás de esa ficción, quién se esconde ahí, (personalidad real es un oximoron). Detrás de la ficción hay un mono loco y llorica, un mamífero en proceso de putrefacción. Cualquier cosa que te haga pensar que hay algo más, es mentira.

Hay gente con gran potencial que pretende demasiado, la curiosidad les hace disolverse, se huntan muy fino, son capaces de ver más puertas y por tanto incapaces de abrazar una certidumbre sobre qué dirección tomar,  y hambrientos de saber engullen información sin masticar y se vuelven adictos. Pero no es solo una adicción. Es una enfermedad invisible. No es solo parálisis por análisis. No es solo infoxicación. No es solo nihilismo autodestructivo. Olvidan que hay que ir por ahí a defecar, HAY QUE DEFECAR. Es eso o convertirse en excremento. Esta gente antes tenían pocas trampas, o menos o más esquivables. Para empezar, no había internet, tampoco había tantos libros. (Podían caer en la bebida o en el casino, eso sí). Pero ahora, el día entero de esta gente está minado. Pierden así una guerra milenaria contra el homo subnormalis que sabe defecar donde sea.

Un artículo del DailyMash (periódico satírico tipo ElMundoToday, TheOnion), decía: Confirmado: no hay límites para el éxito de los gilipollas. Imbéciles y gilipollas celebran la victoria de Trump después de siglos peleando por ser aceptados en la sociedad mainstream.

Esos dos últimos párrafos no me convencen, pero no los voy a borrar. Quizá es el artículo entero. No tengo tiempo para más baile. Tengo que rellenar unos tests y formularios en torno a mi personalidad, a mis competencias, a ciertos mercados de trabajo. Una consejera me está haciendo un seguimiento para ayudarme a definir mi proyecto profesional. Ya he hecho un buen puñado de tests y he llegado al punto de que yo ya no sé quién soy. Sé que no soy un Trump, eso es algo. Y sé que soy una persona que rellena formularios y hace tests. Y a veces, oigo al animal que llevo dentro y me dan impulsos y escribo artículos relámpago que debo publicar con la mente descongestionada y poseida por un robot programado por Dios sabe quién.

Respuesta a los que dicen que es de perdedores decir que lo importante es participar

Para aquellos niños lo importante era ganar, aunque fuera haciendo trampas. Perder era un auténtico desastre y en ese caso, siempre intentarían argüir alguna excusa o aducían alguna artimaña para invalidar la victoria del oponente.

A los intentos de la joven animadora social por calmar a los perdedores recordando aquel dicho contenedor de vieja sabiduría que sobreponía la importancia del proceso a la del producto, uno de los niños contestó:

No. Lo importante es ganar. Mi padre dice que eso de que lo importante es participar es una frase de perdedores.

La joven se rió, negó con la cabeza e hizo un gesto desaprobatorio. Pero a la noche reflexionó sobre aquello: ¿Por qué esa visión tan enfocada en la victoria? ¿Es algo de los niños de todas las épocas? ¿Es algo de todas las edades en estos tiempos? Hay actividades en las que la praxis no es importante, pero en un maldito juego, ¿por qué no olvidarse de la poiesis? Será que el sistema educativo basado en exámenes les ha condicionado a esta búsqueda constante de aprobación y resultados, tanto que no pueden ver que se aprende y se gana aunque nadie te ponga una nota de aprobado, una medalla, una palmadita en la espalda…

Al día siguiente la joven se acercó al niño que estaba jugando a la pelota con un amigo.

Ganes o no, dijo la joven, eres un auténtico perdedor si estás jugando solo con el fin de ganar.

Porque ganar un premio te hace bueno a los ojos de los demás, pero el verdadero ganador no necesita aprobación de los otros por medio de ningún trofeo.

El verdadero ganador encuentra ganancias aunque no obtenga victorias.

Ganar acaba el juego. El verdadero ganador no tiene ningún interés en que el juego acabe, sino que disfruta y valora cada momento. Porque participar le trae diversión. Y si es una práctica en la que tiene algún interés profesional o competitivo, entonces sabe que la única manera de mejorar es practicando.

Y sabe que se aprende mucho más de las derrotas que de las victorias y que estar rodeado siempre de buenos competidores (contra los que pierde) es lo mejor que le puede pasar para mejorar.

Todo eso está muy bien, contesta el niño, pero si sabes tanto ¿por qué tienes un trabajo de mierda?

El niño chocó la mano con su amiguito. Y luego se alejaron tranquilamente con las cabezas bien altas.