Apuntes: Total Recall (Verhoeven, 1990)

El bar es un sitio de mutantes, prostitutas, prostitutas mutantes y gente de mal vivir, un clima nuevo para Quaid quien hasta hace muy poco era un cualquiera que llevaba una vida cómoda y feliz con una rubia de escándalo, de casa, cariñosa, mansa, una vida de niño obediente tan solo ligeramente (ferozmente) perturbada por unos anhelos indefinidos y una inexplicable atracción por el planeta rojo, (obsesión irracional por solo un fragmento de Lo Oculto). Pero ahí se encuentra el confundido ciudadano obrero acomodado burgués autodescarrilado y seguro en su locura, ahí en un lugar de minorías y conspiraciones terroristas y comunidades machacadas y barridas por el orden global hacia rincones donde son ignoradas, manipuladas e instrumentalizadas según convenga. Siguiendo pistas dejadas por él mismo, ha pasado antes por estaciones de metro, un astropuerto, un inmueble abandonado a medio construir, un hotel y un teléfono público. Después de esos no-lugares encargados siempre de alimentar la transformación del transeúnte y acelerar el circuito que conecta los sueños privados con el tejido de sueños colectivos que llamamos realidad, llega entonces a Marte, donde los neones, en particular los del Last Resort, anuncian que la puerta posliminal está cerca. Pregunta entonces por Melina, la mujer que aparecía en sus sueños de manera recurrente. Como suele ocurrir en los encuentros importantes, ella está de espaldas a él. Está sentada en una mesa charlando con sus colegas, contenta, distraida, pero ya se puede intuir que esta mujer ni es mansa ni es de pasar la tarde en casa practicando saques de tenis con un holograma. Entonces se da la vuelta y se le desvanece la sonrisa al ver a Quaid. Se levanta. Se acercan el uno al otro mirándose frente a frente sin decir nada.

Coors-and-George-Killians-Irish-Red-Beer-Neon-Signs-Total-Recall-1990

Este (re)encuentro es una erupción de fantasías abisales,  es una recompensa a su desviación del camino recto y una respuesta a aquellos anhelos que resonaban en la superficie tranquila y silenciosa de su vida, es la colisión de su mundo cotidiano con su mundo onírico, una constatación de intuiciones que solo entonces podrá reconocerse que existían, es descubrir que su fragmento de Lo Oculto es una pieza de puzle, y que además encaja.

¿Qué le has estado echando de comer a esta? dice la morena tanteándole la polla.

Rubias, contesta Quaid.

Anuncios

Lo que aprendí de Drumb

Te lo voy a decir directamente, no vas a tener que saltar dos o tres primeros párrafos para ir a la parte jugosa del artículo. (Una manipuladora convención de gente vil con estudios universitarios). No. Yo soy un tipo normal, un tipo de la calle, como tú o como tú o como usted caballero. Mira, lo que yo aprendí de Drumb (y en general de todos los idiotas del mundo), es a avanzar con la mente descongestionada sin pretender un cuadro coherente y enmarcado.

Me explico: puedo decir A+ y luego puedo decir que A-, y entoces tú (si has prestado atención) pensarás que estaré contradiciéndome, pero al final te quedarás con tu parte favorita de mis palabras y olvidarás la otra, ¿por qué? Porque te (dis)gusto. Porque digo lo que quieres oir o lo que quieres odiar, mi bandera de mediocridad está hecha con tus trapos sucios. Hay gente que me adora y eso hace que otros me odien. Polarizo. Las cosas empiezan a moverse a mi alrededor. Si no reaccionas a lo que he dicho, eres invisible, y si reaccionas, eres uno de mis satélites. La gente quiere bailar, yo les traigo un son sabroso.

Aprendí a abrazar mi propia idiotez. Aprendí a mostrar sin pudor mi carne mutante, a destapar desacomplejadamente mi obra en proceso. Aprendí a aceptar que soy una ficción un perpetuum mobile. No intentes entender qué hay detrás de esa ficción, quién se esconde ahí, (personalidad real es un oximoron). Detrás de la ficción hay un mono loco y llorica, un mamífero en proceso de putrefacción. Cualquier cosa que te haga pensar que hay algo más, es mentira.

Hay gente con gran potencial que pretende demasiado, la curiosidad les hace disolverse, se huntan muy fino, son capaces de ver más puertas y por tanto incapaces de abrazar una certidumbre sobre qué dirección tomar,  y hambrientos de saber engullen información sin masticar y se vuelven adictos. Pero no es solo una adicción. Es una enfermedad invisible. No es solo parálisis por análisis. No es solo infoxicación. No es solo nihilismo autodestructivo. Olvidan que hay que ir por ahí a defecar, HAY QUE DEFECAR. Es eso o convertirse en excremento. Esta gente antes tenían pocas trampas, o menos o más esquivables. Para empezar, no había internet, tampoco había tantos libros. (Podían caer en la bebida o en el casino, eso sí). Pero ahora, el día entero de esta gente está minado. Pierden así una guerra milenaria contra el homo subnormalis que sabe defecar donde sea.

Un artículo del DailyMash (periódico satírico tipo ElMundoToday, TheOnion), decía: Confirmado: no hay límites para el éxito de los gilipollas. Imbéciles y gilipollas celebran la victoria de Trump después de siglos peleando por ser aceptados en la sociedad mainstream.

Esos 6 últimos párrafos no me convencen, pero no los voy a borrar. No tengo tiempo para más baile. Tengo que rellenar unos tests y formularios en torno a mi personalidad, a mis competencias, a ciertos mercados de trabajo. Una consejera me está haciendo un seguimiento para ayudarme a definir mi proyecto profesional. Ya he hecho un buen puñado de tests y he llegado al punto de que yo ya no sé quién soy. Sé que no soy un Drumb, eso es algo. Y sé que soy una persona que rellena formularios y hace tests. Y a veces, oigo al animal que llevo dentro y me dan impulsos y escribo artículos relámpago que debo publicar con la mente descongestionada y poseida por un robot programado por Dios sabe quién.

una solución win-win

Y Felipe VI alzó el cetro al cielo y habló así:

He sido visitado por el espíritu de un sabio Rey de la antigüedad, me ha susurrado secretos y ahora yo os traigo la solución.

Los políticos se miraron unos a otros con encogimientos de hombros y caras de desconcierto.

Vamos a partir el territorio nacional en partes iguales, dijo el rey aunque partirlo no quería.

Seguidamente sacó un mapa de España y con una navajilla lo dividió en 6 cuñas, cada cual más igual a la anterior. Y dijo así:

Tomad una cada uno de vosotros cuatro, este quinto trozo para el resto de diputados, y este último que sobra lo dejamos en barbecho. Dijo eso aunque no era lo que él quería.

Espanna2016.png

Y viendo que aquello no disgustó, añadió: Cada 4 años, en lugar de elecciones ni rituales raros que disturben la paz de mis súbditos y siembren discordia, os turnáis. Muy simple. Además todas las particiones tienen montaña y playa. Es un gana-gana.

¿Os parece bien o qué? hizo esa pregunta el rey.

Continúa leyendo una solución win-win