Mandar al infierno

En Lyon aún no hemos tenido atentado terrorista, pero supongo que llegará. Hace un par de días estaba aquí postergando el momento de ir a la cama y comencé a oir gritos. Al principio no presté atención, pensé que los vecinos de arriba estaban discutiendo a voces, luego me di cuenta de que había explosiones de emoción por así decir, y que no solamente venían  de arriba sino también de otros edificios, todos sincronizados más o menos. Averigüé que el equipo de fútbol local estaba jugando y el partido televisado es lo que estaba causando tanto vocerío a mi alrededor.

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Grupo de forofos celebran en la calle.

 

Llega el gol que da la victoria, los vecinos se vuelven locos y uno grita vaffanculo, expresión que al parecer se puso de moda hace algunos años luego de que algún futbolista la espetara en oportuno momento. Entonces imagino lo siguiente: en alguna calle de Lyon, a las puertas de un pub irlandés un grupo de forofos estalla en euforia celebrando el gol. Cantan al unísono, se bañan en alcohol, exhiben sus cuerpo desnudos, etc.

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En ese preciso instante alguien saca una kalashnikov y sin más protocolo comienza a soltar ráfagas de muerte. En medio del bullicio inusitado que invade esa zona de la ciudad no es fácil discernir entre gritos celebratorios y los de pánico. Los disparos se camuflan en el estruendo de petardos y fuegos artificiales. Algunos individuos mueren en feliz ignorancia, completamente ajenos al pánico que se propaga a su alrededor. Les llega a la nuca por ejemplo el disparo terminador, y pierden contacto con este mundo de manera instantánea.

 

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Estos mueren inmersos en el sueño eufórico del evento deportivo. Se van con imágenes de fútbol grabadas en la retina. No tienen oportunidad de sentir miedo, ni de recordar su infancia o hacer recuento de su vida o mimar pensamientos sobre sus amistades, familia, animales domésticos, etcétera.

Y más tarde, entre los encargados de recoger los cadáveres, uno se atreve a mirar los rostros inertes y puede distinguir que algunos tienen joie de vivre en el rictus.