Lo que aprendí de Trump

Te lo voy a decir directamente, no vas a tener que saltar dos o tres primeros párrafos para ir a la parte jugosa del artículo. (Una manipuladora convención de gente vil con estudios universitarios). No. Yo soy un tipo normal, un tipo de la calle, como tú o como tú o como usted caballero. Mira, lo que yo aprendí de Trump (y en general de todos los idiotas del mundo), es a no vacilar antes de darle a “publicar”, a caminar con la mente descongestionada, a no pretender un cuadro coherente y enmarcado.

Me explico: puedo decir A+ y luego puedo decir que A-, y entoces tú (si has prestado atención) pensarás que estaré contradiciéndome, pero al final te quedarás con tu parte favorita de mis palabras y olvidarás la otra, ¿por qué? Porque te (dis)gusto. Porque digo lo que quieres oir o lo que quieres odiar, mi bandera de mediocridad está hecha con tus trapos sucios. Hay gente que me adora y eso hace que otros me odien. Polarizo. Las cosas empiezan a moverse a mi alrededor. Si no reaccionas a lo que he dicho, eres invisible, y si reaccionas, eres uno de mis satélites. La gente quiere bailar, yo les traigo un son sabroso.

Aprendí a abrazar mi propia idiotez. Aprendí a mostrar sin pudor mi carne mutante, a destapar desacomplejadamente mi obra en proceso. Aprendí a aceptar que soy una ficción un perpetuum mobile. No intentes entender qué hay detrás de esa ficción, quién se esconde ahí, (personalidad real es un oximoron). Detrás de la ficción hay un mono loco y llorica, un mamífero en proceso de putrefacción. Cualquier cosa que te haga pensar que hay algo más, es mentira.

Hay gente con gran potencial que pretende demasiado, la curiosidad les hace disolverse, se huntan muy fino, son capaces de ver más puertas y por tanto incapaces de abrazar una certidumbre sobre qué dirección tomar,  y hambrientos de saber engullen información sin masticar y se vuelven adictos. Pero no es solo una adicción. Es una enfermedad invisible. No es solo parálisis por análisis. No es solo infoxicación. No es solo nihilismo autodestructivo. Olvidan que hay que ir por ahí a defecar, HAY QUE DEFECAR. Es eso o convertirse en excremento. Esta gente antes tenían pocas trampas, o menos o más esquivables. Para empezar, no había internet, tampoco había tantos libros. (Podían caer en la bebida o en el casino, eso sí). Pero ahora, el día entero de esta gente está minado. Pierden así una guerra milenaria contra el homo subnormalis que sabe defecar donde sea.

Un artículo del DailyMash (periódico satírico tipo ElMundoToday, TheOnion), decía: Confirmado: no hay límites para el éxito de los gilipollas. Imbéciles y gilipollas celebran la victoria de Trump después de siglos peleando por ser aceptados en la sociedad mainstream.

Esos dos últimos párrafos no me convencen, pero no los voy a borrar. Quizá es el artículo entero. No tengo tiempo para más baile. Tengo que rellenar unos tests y formularios en torno a mi personalidad, a mis competencias, a ciertos mercados de trabajo. Una consejera me está haciendo un seguimiento para ayudarme a definir mi proyecto profesional. Ya he hecho un buen puñado de tests y he llegado al punto de que yo ya no sé quién soy. Sé que no soy un Trump, eso es algo. Y sé que soy una persona que rellena formularios y hace tests. Y a veces, oigo al animal que llevo dentro y me dan impulsos y escribo artículos relámpago que debo publicar con la mente descongestionada y poseida por un robot programado por Dios sabe quién.